lunes, 30 de mayo de 2011

JOTA DE UVE .

Es pensarlo y me cambia la cara. Me da miedo, sinceramente… Es una sensación muy extraña, hasta cierto punto contradictoria. Es dejar atrás mi vida, para empezar una nueva con millones de nuevas experiencias, pero es dejar el lugar que me ha hecho persona, ya sea mala o bueno, pero donde al fin y al cabo me he formado como estudiante, más aún como persona y donde hay tanta gente que aprecio que no me explico como se puede conocer tanta gente y tan buena en un solo lugar… serán los años. Sí, hablo de dejar atrás el “Juande”, MI JUANDE. Todos, y cuando digo todos es todos, todos los que estamos o hemos estado en el cole sabemos que es especial, que hasta el olor de por las mañanas a la comida del mediodía se echará de menos cuando nos vayamos… Y como he dicho es pensarlo y me quedo en shock, porque aunque muchas veces lo odiemos, otras queramos quemarlo con todo lo que haya dentro y hasta destruirlo nosotros mismos, en el fondo, lo amamos y lo sabemos; nos lo ha dado todo, pero hay que dejarlo. Y ahí llega la parte contradictoria, porque por una parte quiero volar a otra parte, conocer nueva gente, salir un poco del efecto “mamá” del Juande, ¡vivir nuevas cosas! Pero… ¿habrá otro sitio donde nos quieran como nos quieren aquí?¿ Dónde nos mimen tanto?¿Dónde realmente pensemos que estamos en casa? NI DE BROMA.
            Es dejar atrás miles y miles de días haciendo el mismo camino al colegio, pasando por el parque. Miles de broncas y millones de sonrisas. Exámenes y más exámenes con sus notas ya sean aprobados o no, recreos jugando a la pelota pidiéndome “primer en zumbar” o de cantar “hemos ganado oéoéoe” y de bajar gritando a las cuatro vientos “partido A contra B”. Despedirme de las mesas pintadas y de los pasillos estrechitos que tantas veces han cambiado de color. Aprender a olvidarme de las filas del comedor queriendo ir en medio para no quedarte en un extremo y que no te tocara en otra mesa que no fuera la de tus amigos. No volver jamás a ver a los niños pequeños con sus babis haciendo filas ni los festivales, que pueden ser siempre iguales, pero que todos queremos ver. Que jamás vuelva a llegarme el olor de la sala de plástica, tan especial. Cosas que en ningún otro sitio encontraré, valores que solo se inculcan en el Juande desde que se te caen los mocos y te da igual mancharte hasta cuando los granos y la estética son lo más importante. Mientras estás no te das cuenta de lo que es, pero mirándolo fríamente porque te vas, ves lo importante que ha sido para ti. Es el lugar donde aprendiste a escribir, a leer, a reír, a llorar, a levantar la mano para hablar, donde te haces la primera cicatriz, donde celebras miles de goles y donde te esfuerzas para ser el mejor en clase. Pero hay que partir, es ley de vida, hay que madurar y seguir tu vuelo en otro lado…
            Así que con el corazón en la mano, doy las gracias a todas las personas que me han hecho feliz. Desde Mari abriendo la puerta, hasta la cocinera que te echa un poco más de comida cuando a nadie se lo ha hecho, pasando por la mítica Olga que tanto miedo engendra, pero que sin ella no es lo misma terminando en Juan, el hombre que ayuda voluntariamente en el comedor y que siempre tiene esa sonrisa amable para ti, durante años y para todo el mundo. Nunca olvidaré nada, absolutamente nada del colegio y pienso verlo año sí año también, porque es lo mejor… Y PORQUE PUEDO IR A CUALQUIER SITIO CON LA CABEZA BIEN ALTA DICIENCO : YO ESTUVE EN EL JUAN DE VALDÉS.

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